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Etica y
empresa: una demanda social |
Por Bernardo
Kliksberg
Para LA NACION
(Artículo publicado en el diario "La Nación" de Argentina,
Viernes 18 de febrero de 2005)
WASHINGTON
Davos, que reunió a la elite empresarial mundial, tuvo
como eje la pobreza y las responsabilidades de los
gobiernos ricos y de las empresas. La Organización de las
Naciones Unidas lanzó un Pacto Global, que obliga a las
empresas a diez principios referidos a los derechos
humanos, el trabajo y el medio ambiente. La Unión Europea
publicó un libro verde cuyo objetivo es “lanzar un gran
debate sobre cómo la Unión Europea puede promover la
responsabilidad social corporativa, tanto en Europa como a
nivel internacional”. Inglaterra es uno de los países que
crearon un ministerio para ello. Sus empresarios crearon
la organización La Empresa en la Comunidad. Presidida por
el príncipe de Gales, la integran 700 empresas y otras
1600 trabajan con ella. Hay entidades similares en muchos
países. Se multiplican los programas formativos y en
Internet sobre el tema.
¿Se trata de una moda efímera, o hay algo más profundo?
Todo parece indicar que, tras estos desarrollos, existe
una gran demanda social.
En primer lugar, hay una sociedad civil cada vez más
articulada y participativa que presiona por estándares
éticos más exigentes. Los exigen a los líderes políticos,
pero también a los responsables corporativos. Plantea que
no basta que una empresa cumpla con la ley para
considerarla socialmente responsable. La empresa privada
es un actor decisivo de la economía; sus conductas
impactan a todos. Se le pide comportamientos responsables
con los consumidores, empleados, medio ambiente, e
involucrarse con la comunidad. Handy (Harvard Business
Review) sugiere: “Las empresas deberían tomar el liderazgo
en áreas como el medio ambiente y la sustentabilidad
social, en lugar de dejar siempre que las pongan en la
defensiva”.
Los consumidores también están presionando activamente.
Juzgan a las empresas por los mensajes que transmiten con
sus hechos, y ello esta incidiendo sobre sus decisiones de
compra y sus lealtades. Son cada vez más exigentes. No se
conforman con la mera publicidad institucional. Como
previene Ogilvy, ella les resulta “pomposa, autosuficiente
y fatua”. Juzgan según los vínculos de la empresa con
“causas” concretas. Un tercio de los consumidores de los
Estados Unidos da mucha importancia, en el momento de
comprar, a la relación de la empresa con el medio ambiente
y los valores éticos.
Una tercera presión viene de los pequeños inversores.
Tienen sus motivos. La quiebra de Enron les sustrajo casi
50.000 millones de dólares. Casos posteriores, como
WorldCom, Parlamat y otros, mostraron la insuficiencia de
los controles, los riesgos de corrupción corporativa, la
debilidad de la formación ética de los gerentes y otros.
Junto a nuevas leyes, han pedido un nuevo enfoque de la
educación empresarial.
Asimismo, empiezan a engrosar los fondos de inversión que
garantizan la inversión en empresas éticas. Por ejemplo,
ha sido muy exitoso el nuevo índice ético nórdico lanzado
para empresas de Estocolmo, Oslo, Helsinki y Copenhague.
No se incluyen en él las empresas que venden armas,
tabaco, alcohol, pornografía o las industrias del juego.
También en Estados Unidos han crecido las inversiones en
el Domini 400 Social Index y otros similares.
Todos ellos –sociedad civil, consumidores, inversionistas–
están pidiendo informes sobre la acción social y ambiental
de las empresas. Hay un boom de esos informes.
La dirección es hacia el crecimiento de este tipo de
demandas. Una encuesta de Delloitte y Euronext a
responsables de fondos de inversión y analistas
financieros en Europa concluye que la mayoría estima que
el buen desempeño medioambiental y social de la empresa
influirá con fuerza, en el futuro, su marca y reputación,
su rendimiento económico y su valor de mercado.
Un comportamiento socialmente responsable tiene otros
efectos virtuosos. Así, una empresa ética tiene mejores
chances de atraer personal de más calidad y compromiso.
Una empresa que promueve en su personal la realización de
trabajo voluntario por la comunidad tendrá una mayor
rendimiento productivo del mismo modo que se identificara
más con ella.
Por todos estos factores, la responsabilidad social
aparece como una clave de la competitividad.
No faltan riesgos. Uno es que todo quede en discurso. Ello
entraría en conflicto con las crecientes exigencias de
medición de la responsabilidad empresarial. Otro es
convertir el tema en una oficina más de la empresa:
“burocratizarlo”.
La exigencia es que se avance a que cada área de la
empresa practique responsabilidad social. Un tercer riesgo
es que haya incoherencia entre el afuera y el adentro. La
responsabilidad debe empezar por actuar éticamente
respecto del personal de la misma empresa, dándole
oportunidades de desarrollo y creando un clima de respeto
y confianza. En esa línea se hallan nuevos programas como
los que tienden a tener muy en cuenta su familia, factor
decisivo en su vida, y tratan de ayudarlo a equilibrar
trabajo y familia.
América latina necesita avanzar en este área clave, en la
que está a distancia de los progresos internacionales. A
pesar de sus ingentes potenciales económicos, buena parte
de la población atraviesa graves problemas en lo básico:
el 43% vive en la pobreza, que afecta al 60% de los niños,
y un tercio de los jóvenes está desocupado. Mueren
anualmente 190.000 niños por causas evitables ligadas a la
pobreza. Casi un tsunami anual. Se requieren políticas
públicas intensas, bien gerenciadas y transparentes que
encaren estos problemas, y que a ellas se sume una empresa
privada responsable y una sociedad civil movilizada.
Por otra parte, está ascendiendo en la región y en la
Argentina la demanda de la sociedad civil y de los
consumidores por responsabilidad empresarial. En una
encuesta en Chile, la mitad de los consumidores la
consideran el principal factor para formarse una impresión
de una empresa, y el 75% dice que ha conversado en el
último año con sus cercanos sobre el comportamiento ético
de las empresas. En la Argentina, más del 50% indica que
estaría dispuesto a pagar más por productos de empresas
socialmente responsables, y 7 de cada 10 consultados creen
que esa responsabilidad crecerá cada vez más.
Es hora de recuperar el tiempo perdido e impulsar este
camino renovador que, en definitiva, implica corresponder
a la visión moral bíblica de que debemos hacernos los unos
responsables por los otros.
El autor es director de la Iniciativa Interamericana
de Capital Social, Etica y Desarrollo (BID-Noruega).
Link
a la nota original:
http://www.lanacion.com.ar/opinion/nota.asp?nota_id=680508
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